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Cristo de las Almas
al mirar; crucificada,
tu muerte de leño herido,
Cómo le duele el olvido
a mi alma consternada.
Ay, desmayo de mirada,
clavel de sangre morada,
¿quién así te ha condenado
a morir de tal manera
si la vida, en primavera,
florece siempre a tu lado?
Si se desborda la vida
¿por qué el filo de tu muerte,
por qué la luz se convierte
en el vuelo de tu herida?
no hay tragedia suspendida
ni más alto desconsuelo
que tu cuerpo paralelo
a la cruz sola y desnuda.
Tu carne colgada y muda
palidece bajo el cielo
Al contemplar yo tu frente
y tu cadáver maltrecho,
y reciente aún en tu pecho
tu vieja Sangre inocente
me conmuevo, de repente.
Ay, Cristo de los Javieres,
Señor que en tal modo mueres
explícame, pues no entiendo.
A mi alma tú, muriendo,
la confortas y la hieres.
Señor de las Almas. Siento
que a veces nos duele el alma.
Nos arrebatan la calma
tempestades. Y en el viento
sólo se escucha el lamento
de la humana incertidumbre
con la pena por costumbre
como abandonada leña
pide el alma, cuando sueña,
llamaradas de tu lumbre.
Porque al mirarte, Señor,
el alma a vivir se atreve
Dale parte , dale un leve
fogonazo de tu amor.
Si de la tierra la flor
pura savia contenida
necesita, y ya nacida
testimonia su belleza,
haz tú el alma fortaleza
y la muerte eterna
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Cuántas veces, penitente
por las calles te he seguido.
Y cuántas veces mi olvido
clavó espinas en tu frente.
Cuántas veces lentamente
fui rezando tras tu paso
con mi túnica de raso.
Y cuantas veces, Dios mío
vi temblar el sueño mío
tras tu cruz, en el ocaso.
¿Qué tienes, Señor, que arde
el alma al mirarte, así?
Caminando tras de Ti
penitente va la tarde.
Si mi alma fue cobarde
hoy le basta sólo verte.
Y al mirar tu gesto inerte
la tarde del Martes Santo
alivia el alma el quebranto
sólo el sueño de tu muerte.
Enrique Barrero Rodríguez
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